Generaciones digitales: de cómo empecé yo en esto del Internet

Generaciones digitales: de cómo empecé yo en esto del Internet

En mi casa hubo ordenador pronto, aunque no fue durante un tiempo continuado. Mi padre es contable, y se subió rápido al carro del ordenador como instrumento facilitador de su trabajo. Recuerdo que tuvimos un tiempo uno en blanco y negro que desecharon en la oficina de mi padre y que empecé a utilizar con él. Me iba enseñando qué narices era esa tele interactiva y fastidiosa que acababa estropeandose mucho y se quedaba pillada. Mi padre me ponía algunos juegos, que no sé de dónde salían, y constantemente me encontraba llamándolo porque se bloqueaba. Mi progenitor se convirtió en aquella época en un referente para mí en el ámbito de las tecnologías, y era quien me enseñaba sobre ordenadores.

Más tarde hubo una época en la que no tuvimos ninguno en casa. Lo recuerdo muy vagamente, para qué negarlo. Creo que después tuvimos otro ordenador que tuvo la misma suerte que el anterior, por lo que acabó en la basura pronto; volvía a ser uno desechado del trabajo de mi padre y ya había vivido momento mejores.

Cuando pasaba a 5º de Primaria nos mudamos. La época de 6º y la ESO la recuerdo como una en la que nos grabábamos CDs recopilatorios de música. Era el momento de esa música estridente e incesante que acompañó nuestra adolescencia y que, sobre todo los chicos, llamaban Breakbeat. Comenzaba Operación Triunfo en la tele. Una amiga fue una adelantada y tuvo Internet en casa bastante pronto (hablamos del año 2001 o 2002). Era a ella a quien le daba CDs vírgenes y listas de canciones para que me las descargara por Emule y me las grabara. En aquel entonces traficábamos con CDs vírgenes. Qué adelanto supuso el CD regrabable. Algunos de mis CDs y DVDs también caían en manos de algunos amigos que ya por aquel entonces se erigían como los que más conocimientos tenían en tecnologías; los típicos que más o menos te lo resolvían todo. Algunas chicas también se habían sumado pronto a la adquisición de competencias digitales. Recuerdo que me encantaba quedar con ellos y ellas para aprender y hacer cosas con el ordenador en sus casas. Era algo que me apasionaba y me daba la satisfacción de estar haciendo algo importante, de estar presenciando algo, pese al cinismo de mis padres. Yo no tenía ordenador ni Internet, pero me buscaba las castañas para conectarme. Me enganché a los Sims.

Era la época de Aznar y de Messenger. Ambos mundos sufrían conexiones como esta

Hubo un periodo, que sinceramente no sitúo cronológicamente, durante el que una amiga y yo empezamos a ir al cibercafé nuevo que habían abierto en la parte baja del barrio; íbamos a conectarnos. Fue ahí cuando me hice mi primera cuenta de Messenger, compartida con ella. Esa misma amiga fue la que por primera vez me enseñó años antes un Macintosh, de esos que eran como un huevo. Aprendí a manejar bien primero IOS antes que Windows. Trasteos sin conexión a Internet. Cada vez que podíamos, y teníamos algunos euros, bajábamos al ciber a conectarnos y a charlar con otros amigos por nuestro amado Messenger, a ver cadenas de emails en nuestro correo Hotmail mientras nuestros amigos chicos quedaban también en el mismo local a jugar al Counter Strike. Conforme todos mis compañeros iban teniendo Internet en casa, iban abandonando aquellas reuniones; solo quedaban en contadas ocasiones para seguir jugando desde la red local.

En Bachillerato yo tenía por fin ordenador en casa, de mi padre, pero no Internet. De las pocas que quedaban. Mis padres veían poca utilidad en aquello, un enganchaero, como dirían. Gracias a dios que la única opción de instituto que tuve fue uno de esos que anunciaban por aquel entonces con la retaila de: «un ordenador por cada dos alumnos». Dijimos hola a nuestro querido Guadalinex. La que no tenía internet en casa, yo, iba cargada de disquetes todas las mañanas para descargarse todas la imágenes y movidas de Internet desde el centro, para luego almacenarlas en casa. Descubrí que los disquetes son una mierda. Por aquella época unos amigos y yo conseguimos crear un pequeño frankestein con el ordenador viejo de mi padre para acabar  reacondicionándolo para mi: mi primer PC. Hola Windows XP.

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Domo-Kun

Gracias a esas experiencias, y a los trapicheos de piezas con los amigos (chicos), sé algo sobre hardware. De hecho puede que le deba alguna pieza o dinero todavía a alguno. Era la época de Google es tu amigo, úsalo, coño; de los foros de Mediavida. Años en los que nacía el LOL, OWNED, OMG, STFU… y un sinfín de vocabulario, por aquel entonces friki y ligado a las comunidades de jugadores, que se abría paso en la sociedad y que perdura hasta hoy, donde se ha generalizado. Y han pasado unos cuantos años… como 10 o más, diría yo. La época de Domo-Kun, de Linux por todas partes, y en la que aún teníamos síndrome de diógenes digital, pero de ese en el que lo guardabas todo en el PC y no en ese mundo paralelo que es la nube. Aún conservo algo de aquello y en ocasiones me lamento por haber perdido parte de esa manía.

Casi terminado Bachillerato creo recordar, en mi casa ya pusieron Internet (¡por fin!). Por aquel entonces, e incluso antes, ya había superado en conocimientos informáticos a mi padre y descargaba sin parar por el Ares, a pesar de que no me dejaran tener el ordenador encendido durante la noche (ays, aquellos tiempos).

Paralelo a este proceso Internet – PC estaban los móviles. Estaban los toques, que no nos costaban dinero. Todo un código en torno a llamar y colgar. Toque largo, toque corto; dos toques. Y cuando tenías suerte y podías recargar el saldo, mandabas SMS. Recuerdo que algunos los transcribíamos a papel para guardarlos (entre cambios de móviles los perdíamos). También recuerdo Nokias 3310 metidos en vasos con arroz cuando se nos caían a la piscina.  

Después entré en la universidad, Periodismo. Casi que mejor no comentar el uso de las TIC en una facultad de Comunicación. En segundo de carrera descubría lo que era una red social. ¿Qué es una red social? pregunté a una compañera. «Mmmmm… no sé cómo explicártelo, métete y lo entenderás». Y entré en Tuenti (DEP, querido). Después vino Facebook. Y los grupos de clase de Facebook (presagios de lo que serían después los de Whatsapp).

Aunque yo no sabía qué era una red social sí que usaba MySpace, y fui usuaria de Fotolog. Fueron unas amigas de mi adolescencia las que me metieron en ese mundo. Y aún me acuerdo de cómo saltaba de Fotolog en Fotolog y de cómo elegía cuidadosamente las imágenes, nunca propias, que acompañarían a mi texto. Debían reflejar los sentimientos y sensaciones que había querido evocar al escribir las líneas, pero sin que me llegase a dar vergüenza por ser muy directas. Siempre me sentí algo cohibida a la hora de mostrarme en los lares digitales.

Recuerdo con rubor y cariño el momento en el que cayó en nuestras manos la primera cámara digital. De las primeras fotos frente al espejo. Quedábamos en ocasiones para hacernos fotos. Alguna que otra acaba en Internet mientras que con otras nos jurábamos que no saldrían jamás de nuestros ordenadores. Curioso es que muchas de esas promesas se cumplieron.

Fue en aquellos tiempos cuando comenzamos a trabajarnos nuestras identidades digitales. En el Fotolog pongo tal cosa, pero mis fotos del fin de semana van para Tuenti. Quizás los chicos empezaron algo antes a través de los foros en los que participaban desde hace años; nosotras los foros en los que llegábamos a entrar eran algunos relacionados con fenómenos fanfiction. Qué majo es este chico del Fotolog de mi amiga, ay voy a agregar a fulanito de clase a Tuenti. Por aquel entonces muchos se centraban en conocer gente por Internet en base a ciertos intereses con los que no encontraban afinidad entre sus conocidos diarios. Y muchas amistades que yo había mantenido por carta, sí por carta, ahora trataba de buscarlas en el mundo online. Empezamos a currarnos las fotos de avatar. Ya lo hacíamos con Messenger, pero después la cosa consiguió perfeccionarse. Hasta hoy. Hoy tenemos Instagram, y lo está petando. ¿No recuerda un poco a un Fotolog pulido y adaptado a los tiempos actuales? Quizás sea cosa mía.


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