¿Por qué se dejó de hablar de periodismo ciudadano?

¿Por qué se dejó de hablar de periodismo ciudadano?

Hace algún tiempo le encargué a mi pareja, que subía a Barcelona, que se pasase por una librería de la ciudad especializada en medios de comunicación y periodismo. La tarea era sencilla: preguntar y buscar libros sobre periodismo ciudadano. Andaba algo frustrada desde hace tiempo porque me estaba siendo difícil encontrar alguno más o menos reciente y mantenía la esperanza en que en esa tienda tuvieran algo que me resultase útil. La sorpresa fue el mensaje del tendero: «sobre ese tema hace años que no se escribe; ya no se lleva».

Seguí investigando por mi cuenta, y pronto me descubrí leyendo artículos en blogs y webs fechados entre 2010 y 2012; rara vez me veía delante de un post más reciente. Y fue entonces cuando una pregunta me asaltó: ¿por qué se ha dejado de hablar de periodismo ciudadano?

Fue a finales de los 90 principio de los 2000 cuando el término de periodismo ciudadano se popularizó abanderado por el considerado padre del mismo, Dan Gillmor. Este tipo de periodismo reivindicaba el cambio de rol de una audiencia habituada a una actitud pasiva y consumidora de experiencias y mensajes a una activa capaz de producir sus propios contenidos. La demanda estaba clara, e incluso a día de hoy sigue vigente, ya que los medios sufren una crisis de reputación considerable debido a partes iguales a la caída en picado de su credibilidad y a su escasa evolución respecto a la transformación social, lo que les impide satisfacer las necesidades de una ciudadanía actual. Ante este panorama, el periodismo ciudadano proponía una construcción colectiva del periodismo; una colaboración entre ciudadanos y profesionales de la información para reconectar la profesión con la realidad social.

La nueva forma de entender la labor informativa es fruto de las nuevas formas relacionales ensalzadas por la Red, cuna de la cultura libre, la cultura hacker, etc. Así se consigue retomar una básica en el ser humano: la colaboración. Gracias a esta recuperación han reflotado unos modos de relación que han permanecido de manera latente desde el nacimiento de las sociedades industriales; una tendencia que va encaminada hacia lo comunitario y lo colectivo. Este paisaje ha hecho que los ciudadanos tomen un papel como actores en el devenir social, y reclamen el periodismo como proceso, como comunicación; no como producto.

El diálogo, la apertura, las licencias libres o la participación son formas de empoderamiento que ya no entienden de mundo offline u online. Hablamos de prácticas que se han extendido y que han originado artefactos que se crean y recrean desde los propios movimientos sociales. Unas nuevas prácticas generadas desde los márgenes que están calando en la ciudadanía y que están permitiendo configurar otro tipo de imaginarios sociales y «lenguajes de la posibilidad» que favorecen encontrar nuevas formas de ver y pensar la sociedad diferentes a las hegemónicas.

Estas dinámicas constituyen otro tipo de relaciones humanas, y en consecuencia otro tipo de comunicación, que permiten desarrollar otras formas de organización y colaboración facilitando la construcción colectiva de la realidad. Así comienza a erigirse desde abajo, desde la propia sociedad, lo que posibilita alterar valores consolidados. La nueva representación de la sociedad trata de potenciar la creación de identidad colectiva, una función obviada en la metodología de los medios tradicionales. Ahora se ha rescatado la comunicación como un proceso social en todos los niveles, incluyendo un periodismo que está sabiendo integrarse en estas prácticas colectivas y que culmina con la cohesión en torno a una identidad que confronte con los imaginarios dominantes. El resultado de todo es un nuevo ecosistema comunicacional.

El nuevo ecosistema se abre a la audiencia para volver a prestar credibilidad al periodismo. Los lectores, cada vez más formados, más analíticos y más críticos, colectivamente saben mucho más que los profesionales. Ya no consiste en exponer y contarles algo que ellos ignoran; se trata de abrirles un cauce directo para que intervengan, para que la noticia, la información, se construya en comunidad a través de un proceso y no de un producto, que es en lo que habitualmente se había convertido el periodismo.

Se puede observar como una parte de la profesión se ha integrado en la totalidad de un sistema comunicacional que cumple su función como enlace de reunión, colaboración, intercambio y ensamblaje social entre los ciudadanos, donde entre todos se configura la realidad mediática, y en definitiva, lo real. La opinión pública comienza a conformarse a través de un proceso de discusión y debate establecido entre los miembros de la sociedad y no guiada desde la unidireccionalidad.

Así, el periodismo ciudadano se (re)hace en los medios sociales. Muchas de sus metodologías han calado en la sociedad y se han amplificado gracias a los movimientos ciudadanos y están permitiendo crear otro tipo de imaginarios sociales que hasta ahora no habían conseguido visibilizarse y consolidarse. Se está reforzando y formando una sociedad más crítica y participativa. Por todo esto quizás hayamos dejado de hablar de periodismo ciudadano; porque su esencia se reproduce desde los márgenes para conformar un nuevo ecosistema comunicacional que se configura en sus prácticas creando un nuevo periodismo.


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